Quizá fueras tú
o quizá fuera yo.
Pero si hay algo claro es que
jamás existió el quizá de un "nosotros".
Nosotros nunca existimos.
Éramos un "tú" y un "yo", sólo eso.
Dos cuerpos que,
a pesar de tantas uniones,
no llegaron a ser un solo cuerpo.
Dos almas que jamás encontraron
un camino en común.
Murió el "nosotros"
sin siquiera haber existido.
Murió el "nosotros"
y con él, tenlo claro,
también moriste tú.
martes, 28 de febrero de 2012
sábado, 25 de febrero de 2012
Bandera blanca
Las personas pedimos paz, la deseamos como el aire que respiramos, mas esto no es posible. Podría decirse que ciertamente la paz no existe. Nosotros mismos somos los que la rompemos y los que no la dejamos vivir. Somos un continuo estado de guerra que finaliza nuestro último día. Nuestra propia vida es una guerra en la que, a medida que pasa el tiempo, se enfrentan distintos bandos rivales. La paz que podamos llegar a sentir tan sólo será esa paz interior que tanto nos cuesta conseguir. Vale que también está condicionada por las circunstancias exteriores, pero en realidad somos nosotros mismos los que la conseguimos (a pesar de la "ayuda" de terceros). Y es que hay tantas guerras que sería imposible exterminarlas todas: además de las que llevan consigo armas y muy sucios intereses, que arrastran tras de sí vidas y vidas, también hay otro tipo de guerras; yo las definiría como guerras de sentimientos. No llega con éstas la sangre al río, pero dañan estrepitosamente a la víctima en la que se alberga este combate. Y es que a lo largo de nuestra vida viviremos millones de sentimientos y a cada momento se producirá en nosotros una guerra con la que te des cuenta de cómo duele sentir.
Por eso yo alzo mi bandera blanca, de forma firme y sin titubear y declaro así mi rendición ante uno de mis sentimientos. Y pensándolo bien no sólo es uno, sino varios contra los que yo lucho. Dejaré levitar mi blanca bandera después de que viva unos instantes de altura, la dejaré caer cual pluma cae al suelo y, detrás de ella, firmaré el pacto que pone fin a esta guerra; aunque el desenlace no haya sido el deseado. Perdí, no pude con mis fuertes rivales... pero sé que ya estoy preparada para la siguiente guerra. No habrá más rendiciones.
Por eso yo alzo mi bandera blanca, de forma firme y sin titubear y declaro así mi rendición ante uno de mis sentimientos. Y pensándolo bien no sólo es uno, sino varios contra los que yo lucho. Dejaré levitar mi blanca bandera después de que viva unos instantes de altura, la dejaré caer cual pluma cae al suelo y, detrás de ella, firmaré el pacto que pone fin a esta guerra; aunque el desenlace no haya sido el deseado. Perdí, no pude con mis fuertes rivales... pero sé que ya estoy preparada para la siguiente guerra. No habrá más rendiciones.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Fin
Todo lo que empieza tiene que terminar. Por lo tanto: mejor elegir una retirada a tiempo que la autodestrucción del propio ser.
viernes, 3 de febrero de 2012
Hay que aprovechar el optimismo,aunque sea pasajero
Hoy será mi primer día y mañana también y el resto de mi vida. Porque...
Hoy le he ganado la batalla a la montaña de la ropa sucia, hoy, hoy,
ninguna tarea me asusta, ningún encargo me disgusta, porque...
hoy he vuelto a por mi tiempo, hoy me quedo a vivir en mi cuerpo,
sólo espero estar en lo cierto y que todo esto no se quede en el intento.
Hoy será, será, será, será mi primer día
y mañana también y el resto de mi vida.
Porque...
Hoy le he ganado la batalla a la inconsciencia,
a la ignorancia, a la desidia, a la impotencia,
a la vergüenza de que no terminas porque
nunca empiezas
y hasta la fecha no lo he podido nunca asegurar,
pero cuando tú quieras te lo demuestro,
que ya todo ha empezado a mejorar.
To' lo que tenía que dejar
hoy lo voy a dejar para siempre.
Voy a recuperar la costumbre
de considerar los consejos de la gente
y levantar bien alta la frente,
hoy voy a terminar lo que tenía pendiente,
sólo es cuestión de echarle huevos,
tampoco es nada nuevo,
pero hoy me siento fuerte.
Hoy puedo, hoy el premio me lo llevo,
hoy me sobra la energía, es el punto de partida.
Hoy será mi primer día, y mañana también y el resto de mi vida!!
lunes, 30 de enero de 2012
Que seas, simplemente, tú
Que en cada paso que des tengas otros pies que te acompañen.
Que en cada traspiés que sufras tengas una mano en la que sujetarte.
Que en cada caída dolorosa exista ese alguien que te ayude a levantarte.
Que cada risa y cada llanto gocen de una buena compañía.
Que exista el placer compartido, que nunca sientas que estás solo.
Que sepas admitir tus errores, afrontar tus problemas, conseguir tus metas y alegrarte por tus victorias.
Que nunca te veas perdido en la tormenta porque tarde o temprano cesará el diluvio.
Que no gane tu orgullo y pierdan tus sentimientos.
Que le encuentres sentido a tu vida y la vivas de la manera más apasionada.
Que seas tú, que seas feliz siempre siendo así.
Que en cada traspiés que sufras tengas una mano en la que sujetarte.
Que en cada caída dolorosa exista ese alguien que te ayude a levantarte.
Que cada risa y cada llanto gocen de una buena compañía.
Que exista el placer compartido, que nunca sientas que estás solo.
Que sepas admitir tus errores, afrontar tus problemas, conseguir tus metas y alegrarte por tus victorias.
Que nunca te veas perdido en la tormenta porque tarde o temprano cesará el diluvio.
Que no gane tu orgullo y pierdan tus sentimientos.
Que le encuentres sentido a tu vida y la vivas de la manera más apasionada.
Que seas tú, que seas feliz siempre siendo así.
viernes, 20 de enero de 2012
Un poco de orden
Hay momentos en la vida en los que piensas que ya has madurado, que te queda poco por cambiar o, incluso, que casi ya has terminado de construirte como persona. Crees que eres lo que un día deseabas ser y que no cambiarías por nada del mundo porque te gustas tal y como eres...
Pero estos día, hoy por hoy, escasean para mí. Nada de eso pasa en estos momentos por mi agitada cabeza. No sirve de nada ser muy madura en algunos aspectos y ser un total desastre en otros. No sirve intentar concienciarte de que esto sólo es un bache que pronto acabará con fuerza de voluntad. Todo eso es inútil. Y es que las cosas pueden intentar evitarse antes de que sucedan pero una vez que acontecen ya no hay remedio, al menos a corto plazo.
Duele mucho lo de decepcionarte contigo misma, lo de darte cuenta de que eres un completo desastre. Y más duele albergar el deseo de cambiar sin conseguir, por mucho que quieras, llevarlo a cabo. Es una sensación de impotencia que te hace replantearte todo: si éste es tu lugar, si de verdad vas a conseguir lo que tanto deseas...
Dicen que hace más el que quiere que el que puede. A veces lo dudo. Pero yo quiero cambiar y cueste lo que cueste lo tengo que conseguir a como de lugar. No quiero seguir lamentándome por ser como soy, no quiero seguir arrepintiéndome de los pasos que doy y de los que no llego a dar, no quiero mirarme cada día y ver a un mundo de ideas sin orden. No quiero ser el caos que ahora mismo soy.
En este preciso momento, sé que deseo reinventarme en casi todos mis sentidos, quiero mejorar o, mejor dicho, tener algo bueno que me haga pensar que valgo.
Hoy me digo adios, que no hasta luego.
Pero estos día, hoy por hoy, escasean para mí. Nada de eso pasa en estos momentos por mi agitada cabeza. No sirve de nada ser muy madura en algunos aspectos y ser un total desastre en otros. No sirve intentar concienciarte de que esto sólo es un bache que pronto acabará con fuerza de voluntad. Todo eso es inútil. Y es que las cosas pueden intentar evitarse antes de que sucedan pero una vez que acontecen ya no hay remedio, al menos a corto plazo.
Duele mucho lo de decepcionarte contigo misma, lo de darte cuenta de que eres un completo desastre. Y más duele albergar el deseo de cambiar sin conseguir, por mucho que quieras, llevarlo a cabo. Es una sensación de impotencia que te hace replantearte todo: si éste es tu lugar, si de verdad vas a conseguir lo que tanto deseas...
Dicen que hace más el que quiere que el que puede. A veces lo dudo. Pero yo quiero cambiar y cueste lo que cueste lo tengo que conseguir a como de lugar. No quiero seguir lamentándome por ser como soy, no quiero seguir arrepintiéndome de los pasos que doy y de los que no llego a dar, no quiero mirarme cada día y ver a un mundo de ideas sin orden. No quiero ser el caos que ahora mismo soy.
En este preciso momento, sé que deseo reinventarme en casi todos mis sentidos, quiero mejorar o, mejor dicho, tener algo bueno que me haga pensar que valgo.
Hoy me digo adios, que no hasta luego.
miércoles, 11 de enero de 2012
A deshoras, en el mismo bar de siempre
Fue en el bar de siempre. Ella iba callejeando como de costumbre buscando un par de copas en las que ahogar sus penas. Al llegar a la puerta del bar se paró por un instante dudando entre entrar o buscar otro lugar. Finalmente decidió entrar.
Nuevas caras en el interior pero también rostros conocidos. El hombre solitario que siempre está en la parte derecha de la barra con una cerveza en la mano, la camarera pelirroja con su inseparable pronunciado escote, el tipo raro que nunca pide otra cosa que no sea whisky... Pero ninguna de estas personas despertaba en ella sentimiento alguno.
Decidió pues adentrarse en el garito con paso firme. Apoyó sus brazos en la barra y pidió su primera copa. Visto y no visto. No duró el alcohol más de diez minutos en el vaso. De nuevo pidió a la camarera otra copa más pero esta vez lo hizo con un solo gesto. Esta copa la fue consumiendo poco a poco, así le daba tiempo a recordar por un momento todo lo que le dolía antes de que el alcohol nublara estrepitosamente su mente.
Pero entonces sucedió lo que por un lado deseaba que sucediese y lo que por otro más temía en ese momento. Él, el mayor de sus dolores, el que le provocaba las ganas de emborracharse noche tras noche, entró por la puerta.
Entonces sus ganas de olvidar se mezclaron con el deseo de abalanzarse contra él y besarlo, pero, a la vez, también sentía rencor y rabia. Gracias a eso pudo reprimirse y quedarse donde mismo estaba sin menear un solo músculo.
Él se sentó a dos taburetes de ella. También la vio. Era algo inevitable: él y ella, ella y él, sentados en el bar de siempre pero a dos taburetes de distancia. Pero esta distancia poco tardó en romperse. Firme, con los ojos cegados por un sentimiento inexplicable, el hombre se levantó y, silencioso como un fantasma, se paró junto a ella. Ambos se miraron sin pronunciar ni una sola palabra. En sus ojos se veía el dolor de recordar tantas noches compartidas en el mismo colchón, el deseo de volver a caer en esa tentación, la rabia porque todo terminara como terminó. Tras un tiempo de cruce de miradas, él dejó caer una lágrima al compás de su corazón y decidido se marchó. Sobraron las palabras en aquel silencio abrasador.
Nuevas caras en el interior pero también rostros conocidos. El hombre solitario que siempre está en la parte derecha de la barra con una cerveza en la mano, la camarera pelirroja con su inseparable pronunciado escote, el tipo raro que nunca pide otra cosa que no sea whisky... Pero ninguna de estas personas despertaba en ella sentimiento alguno.
Decidió pues adentrarse en el garito con paso firme. Apoyó sus brazos en la barra y pidió su primera copa. Visto y no visto. No duró el alcohol más de diez minutos en el vaso. De nuevo pidió a la camarera otra copa más pero esta vez lo hizo con un solo gesto. Esta copa la fue consumiendo poco a poco, así le daba tiempo a recordar por un momento todo lo que le dolía antes de que el alcohol nublara estrepitosamente su mente.
Pero entonces sucedió lo que por un lado deseaba que sucediese y lo que por otro más temía en ese momento. Él, el mayor de sus dolores, el que le provocaba las ganas de emborracharse noche tras noche, entró por la puerta.
Entonces sus ganas de olvidar se mezclaron con el deseo de abalanzarse contra él y besarlo, pero, a la vez, también sentía rencor y rabia. Gracias a eso pudo reprimirse y quedarse donde mismo estaba sin menear un solo músculo.
Él se sentó a dos taburetes de ella. También la vio. Era algo inevitable: él y ella, ella y él, sentados en el bar de siempre pero a dos taburetes de distancia. Pero esta distancia poco tardó en romperse. Firme, con los ojos cegados por un sentimiento inexplicable, el hombre se levantó y, silencioso como un fantasma, se paró junto a ella. Ambos se miraron sin pronunciar ni una sola palabra. En sus ojos se veía el dolor de recordar tantas noches compartidas en el mismo colchón, el deseo de volver a caer en esa tentación, la rabia porque todo terminara como terminó. Tras un tiempo de cruce de miradas, él dejó caer una lágrima al compás de su corazón y decidido se marchó. Sobraron las palabras en aquel silencio abrasador.
Y se fue, llevándose consigo el amor que en realidad sentía. Y ella, sola, como de costumbre, se quedó mezclando lágrimas y JB mientras se torturaba pensando que todo podía haber sido distinto.
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